En mi experiencia, la adultez se siente como la autoexigencia por ser autosuficiente incondicionalmente. 

Se espera que cuando uno llega a la etapa de la adultez, sin siquiera saber en qué momento nos llega, tengamos las herramientas, recursos, conocimientos y expectativas resueltas. Ser adulto es ser eficiente para uno mismo y para el sistema. 

Y algunos luchamos toda nuestra vida para sentirnos como tal: pensamos en tener una carrera exitosa para obtener un trabajo bien remunerado, luego tener una casa, un carro, una pareja estable, un cuerpo sano, una mente enfocada, y el suficiente tiempo para tener una vida social.

Nos auto explotamos para conseguir nuestras metas, y ser individuos completos que no necesitan de nada ni nadie. Nos enseñan que la adultez es solitaria, independiente, sin una comunidad que sostenga la vida. No es casualidad que todos los sueños sean un reflejo de la soledad que nos imponemos: nuestra socialización existe para subir la escalera social, encontrar cualquier ranura para acceder a mejores oportunidades, la convivencia se convierte en una lucha por sobresalir, en lugar de un espacio de comprensión y encuentro. 

El fallar en cualquier aspecto de nuestra vida significa ser inoperantes. Por eso ser adulto es dejar atrás la infancia, que para mí significa simplemente ser y existir, sin objetivos ni ambiciones. Significa experimentar la vida, aprender y maravillarse de la existencia que compartimos.