Hoy enfermó Nala, mi gato de 6 años. En medio de mi jornada laboral –que tengo oportunidad de hacer desde mi casa-, tuve que salir para llevarla al veterinario. Pero antes de eso, estuvo la sospecha, preocupación y angustia, finalmente desesperación de buscar una opción confiable para llevar al ser adolorido.
Por primera vez en mucho tiempo, me sentí adulta, en el peor sentido de la palabra. Es abrumador saber que una vida tan pequeña depende de mí, del poco dinero que gano en una jornada que en otra circunstancia no me permitiría atenderla, del poco tiempo y conocimiento que tengo para saber si puede aguantar 2 horas más, medio día más, si puede esperarme para pedir permiso para ausentarme, para reconvertirme a humana en lugar de engranaje. Y saber que no puedo apoyarme de nadie para lograrlo.
Cuando me dijeron que Nala tenía “algo” obstruyendo el movimiento intestinal, solamente pude pensar en todas las posibilidades posteriores a ese momento: buscar hospitales 24 horas en caso de emergencia, revisar precios de consultas, cuánto dinero me queda en la tarjeta, a quién puedo pedirle prestado, cuántas horas de trabajo podría adelantar para que mi ausencia el día de mañana no me causara problemas.
Finalmente, no pude dormir más de un par de horas durante la madrugada para vigilar signos de alerta en mi gata. Cuando amaneció, las náuseas me obligaron a tomar un cereal y media manzana. Sin perder de vista su respiración dormida, adelanté correos, entregas, mensajes… me lavé el rostro, me vestí y volví a la clínica para internarla.
Ahora que escribo esto, me doy cuenta que la tristeza que me invade es porque en ese momento, el ser una adulta “suficiente” para cuidar de otro ser no me hizo sentir orgullosa de mí misma, sino sola.